martin... en viaje

todo relato empieza con un movimiento, desestabilización del personaje. en este caso, un viaje, una mudanza, periplo. de esto se trata: obviedades y petulancias: un portenio en córdoba

jueves, enero 21, 2010

Chile / Argentina

Tras las penosas noticias desde el país allende las montañas, di ca(u)sualmente con un análisis de Damián Selci sobre la poesía de Yanko González (poeta chileno que despertó voces encontradas, lo cual no es poco, en su paso por la festivalidad rosarino-porteña, la pasada primavera) que pueden leer en Revista Planta.
Recorto el centro del análisis que se dispara a partir de un texto en el que, durante la lectura en el C. C. Pachamama de nuestra capital, González cambió una línea: en el poema impreso se lee "chileno" donde él moduló "argentino".

la belleza es griega. pero la conciencia de que sea griega es chilena. nada es, todo se otrea.

Así dice el poema de González y esto escribe Selci (que en el final esboza apurado una línea lectura política y es una pena que sólo haya quedado en apunte una idea que sería interesante retomar o profundizar en esta coyuntura):

<<

[...] Yanko González había escrito una cosa y leído otra. Esto sería anecdótico si no tomáramos en cuenta lo que significa el sustantivo “Chile” y sus derivados (patria, país, tierra, pueblo, etc.) en el contexto de la poesía chilena. Como es sabido, desde Neruda en adelante, pasando por Enrique Lihn, José Ángel Cuevas, Gonzalo Millán y llegando a Pablo Paredes, casi no hay poeta que no se refiera al Chile en algún verso, cuando no en la mayoría, y a veces, en todos. Las causas históricas de este nacionalismo literario pueden ir de una voluntad general whitmaniana hasta la presencia activa del Estado en la subvención de proyectos de escritura y edición, mediante becas, concursos, festivales, etc. Lo importante es que para un lector argentino, esta recurrencia no podría ser más extraña. El itinerario de la poesía argentina es convencionalmente ignorado por el Estado, sea cual sea el gobierno, y las palabras “argentina”, “patria” o “tierra”, sólo aparecen parodiadas, o con un matiz ridículo, como en el caso de Argentino hasta la muerte (1963), título de un libro de César Fernández Moreno que, incluso con toda la buena voluntad, jamás podríamos tomarnos en serio. Definitivamente, el nacionalismo no tiene la menor representación en la literatura argentina, salvo que nos remontemos a los proyectos de Lugones y los debates del Centenario, que aparte de viejos parecen simulados. Además, la liturgia de la Patria, la Nación, etc., tiene para nosotros un distintivo olor campesino-militar, dado que el peronismo no pudo, después de sucesivos derrocamientos, imponer la idea de que el nacionalismo podía ser también económico. La última dictadura usó la palabra “Patria” para destrozar la estructura productiva del país y para desmejorar cualquier perspectiva de crecimiento social, beneficiando a la burguesía agraria y propiciando la subsunción del modelo a la exportación de materias primas, de acuerdo a las necesidades geopolíticas de los países centrales. Por todas estas razones, a las que podrían añadirse todavía unas cuantas, la poesía argentina no tiene hoy la menor oportunidad de usar seriamente una palabra manipuladora y mentirosa como “Argentina” o “Patria”. Y esto es lo que explica, a la vez, la primera perplejidad del lector argentino frente a la poesía chilena. Después de leer por centésima vez locuciones como “mi país” y “ay Chile”, descripciones del desierto de Atacama, odas a los minerales y a la luna pendiente sobre la marea del Pacífico, le quedan dos alternativas. Una, basada directamente en la propia experiencia, es el hartazgo o el desdén por un patriotismo que sólo podría trasuntar una ingenuidad abrumadora y antiliteraria. Otra, también basada en la experiencia, es la envidia: después de todo, más allá de Allende y Pinochet, con su socialismo democrático y su particular manera de secuestrarse y asesinarse, los chilenos tienen un país, un punto de referencia nítido que habilita formas incluso épicas de la escritura, y como es sabido, la gran poesía occidental nació con la épica: Homero… Es para estremecerse. Para nosotros, nuestro país es impronunciable, para ellos el sustantivo “Chile” tiene la misma disponibilidad que la luna en la poesía romántica. Desde este punto de vista, los argentinos, al lado de los chilenos, parecemos gitanos. Por supuesto, hay maneras de encontrarle una vuelta positiva al destierro metafísico, pero la ironía, además de “productiva”, es muy cansadora. Para mal de males, nuestro autor de exportación, Borges, escribió un artículo, “El escritor argentino y la tradición”, donde abiertamente defiende el buitreo de temas europeos, la simulación periférica y el recurso entristecedor a los tigres, los espejos y la Enciclopedia Británica.

Con este panorama ideológico de trasfondo, el gesto de Yanko González se enrarece todavía más. Por un lado, una comprobación: nosotros, argentinos, no podemos acudir a nuestro país cuando escribimos poesía, pero Yanko González puede referirse tanto al suyo como al nuestro. Es más: puede intercambiarlos según el auditorio. Se nota entonces una primera y gigantesca operación crítica: ¿cuántos poetas chilenos están en condiciones de sustituir el adjetivo “chilena” por “argentina”? No tantos, precisamente en virtud del nacionalismo literario antes mencionado: Chile no se negocia, es santo y seña de una percepción poética singular y reconocible, cifra de un pueblo y su territorio, etc.

[...]

Yanko González pone en entredicho la palabra distintiva de toda una tradición poética; uno de las citas del libro corresponde a Roque Dalton, quien dijo: “¿Chile? Depende…” Por su incredulidad, este poema de Yanko González es casi perfectamente argentino; se entiende que haya podido intercambiar las referencias en la lectura del Pachamama.

Chile no es algo absolutamente innegociable, no es sustancia primigenia ni pura afirmación: Chile… depende. Entre otras repercusiones en el frente interno, este escepticismo le habla directamente a la envidia argentina que comentamos antes: parafraseando el poema, se puede decir que el país es Chile, pero que la conciencia de que sea Chile es argentina. De todas maneras, esto no significa que en definitiva Chile sea una convención al mismo nivel que las propuestas schwobianas de Borges. Nada es, todo se otrea; pero hay otreos y otreos, y calcular esa diferencia podría tener su interés. Ante el dilema tercermundista de cómo tener una tradición literaria sustentable cuando el idioma mismo viene de otra parte (más precisamente de Europa), la respuesta de Borges fue: agarremos lo que sirva de los centros de poder occidental y despreocupémonos de ser argentinos, eso va a venir por decantación. La “operación” borgeana consiste en proceder como si la tradición europea fuese nuestra, sin más. Los chilenos fueron un poco más arriesgados: lo que impostaron fue, no su actitud individual ante Europa, sino su propio país. Borges se inventó como ciudadano europeo, mientras que los chilenos se inventaron como Nación. El otreo chileno fue mucho más arriesgado y productivo que el visado para escribir ficciones internacionales que consiguió nuestro autor canónico. De hecho, la tradición poética chilena es riquísima, es verdaderamente una tradición, mientras que la solución de Borges no sobrepasó la esfera individual: solamente le sirvió a él. Basta con ver el renuente fracaso de los escritores borgeanos que todavía nos persiguen con exóticas historias de prosa global. Mientras tanto, del otro lado de la cordillera, Alto Volta tiene la oportunidad de recoger esta cita de Enrique Lihn: “Todas las lenguas extranjeras me inspiran un sagrado rencor”. [...]

>>



3 Comentarios:

Blogger Leticia dijo...

Huy..le doy? ma sí. Le doy. Es otro ring mal armado, más pelotudo (obsérvese el argentinismo) que incisivo.Pienso al leer esto que es uno más de los patrioteros chilenos que adolecen del mismo mal que los petisos. Es casi un determinismo. Creo que escribir sobre Yanko González es una excusa para todo lo que viene después. Porque al final uno no sabe que clase de crítica le hace al escritor.
Tomar a "Yoryi" Borges como representativo de toda una cultura poética argentina e incluso literaria es un error grab(V)e ya que implica que no ha leído ni a los contemporáneos vecinos más "nombrados" ni siquiera los casuales. Que el estado no ponga un peso en poesía (ja! eso porque no sabe del concurso de Cba.)no quiere decir que sus escritores carezcan de la idea de nación o patria. Es más creo que el que no pongan un centavo nos libera de escribir sobre NACIÓN o PATRIA, sin que por ello nos sintamos menos argentinos.
Si yo me sirviera de Neruda como paradigma para medir la literatura de Chile, sería una falta de respeto, como pensar que a todos les gusta cuando calla o pueden escribir los versos más tristes en la noche.
Borges es una parte del todo, pero no el todo, fue él quien eligió subirse al caballo universalista europeo mientras otros autores se pusieron a mamar el yuyo sin subirse a las modas escriturientas de turno. Es más, al final lo reconoce "solamente le sirvió a él". Pucha che..a mi me parece que este es otro artículo que quiere hablar de Borges y de los argentinos y que quiere levantar polvo al pedo.
Martin, no sabes cuanto mide Damián Selci ? para mi es petiso.

11:13 a.m.  
Blogger Leticia dijo...

Otra cosa..que palabra de mierda "otrea". Existe?

11:16 a.m.  
Blogger Leticia dijo...

Fe de ratas y ratones. Sí, el tipo es argentino.
No hay peor chileno que un argentino renegado.

3:49 p.m.  

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal